Pese a sus 30 años no ha madurado aún
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Por Mario Alarcón Muñiz*
Pese a sus 30 años no ha madurado aún
 
El cercano 30° aniversario de nuestra democracia nos plantea el interrogante mayor y acuciante: ¿Era esto lo que esperábamos? ¿No habrá llegado el momento de repensar el sistema y ponerlo al servicio del pueblo, no de algunos iluminados?

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Fecha:15/10/2013 9:57:00 
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Lo leímos en los diarios del sábado. Todo junto.
Atacaron a tiros la casa del gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti. Una patota encabezada por un conocido puntero K, agredió al ex gobernador del Chaco, Angel Rozas. Un camarógrafo resultó baleado en Buenos Aires mientras cumplía su labor. El vice Boudou acusó a los diarios de enviar mensajes mafiosos.
Son cuestiones distintas, claro está. Nadie puede afirmar que estén vinculadas entre sí. Pero la preocupación nos asalta y envuelve, pues otros episodios recientes, similares o distintos de los enunciados, de mayor o menor trascendencia, se suman hasta situarnos en un tembladeral.
Hace treinta años estábamos esperando con ansiedad la recuperación de la democracia. Escuchábamos y evaluábamos propuestas. Cambiábamos ideas. Discutíamos. El futuro nos aguardaba. Cantábamos la libertad recuperada. El 30 de octubre fuimos a votar. La Patria nueva abría su horizonte iluminado.

Formalidades a buen resguardo
Está claro que el sistema democrático no es perfecto, sino “el menos malo” o el que “causa menores daños”, según los estudiosos. Al ser humano, protagonista de la historia, le corresponde perfeccionarlo. En los treinta años transcurridos, lo que hemos perfeccionado ha sido el método de sacarle ventajas al sistema para su mejor aprovechamiento por parte de unos pocos, cada vez menos. Los demás debemos dedicarnos a votar y “conservar” la democracia. Bien lo señaló Martín Fierro: “…el gaucho en esta tierra / sólo sirve pa’ votar”.
No se duda que las formalidades han sido resguardadas. Cada dos años la ciudadanía ha concurrido con normalidad a expresarse en las urnas y seguirá así (una buena rutina) contribuyendo de esa manera al mantenimiento de las estructuras institucionales, es decir al funcionamiento del Estado.
Además, se han superado situaciones críticas a través del respeto a la Constitución. El episodio más grave fue el derivado de la crisis de 2001, que precisamente se solucionó dentro de los marcos institucionales.
Sin embargo, nada de esto es suficiente para experimentar satisfacción por nuestra democracia. Hace tres décadas esperábamos mucho más.

De una vereda a la otra
Los partidos políticos han perdido vigencia. Ya no son instituciones para discutir y elaborar ideas, propuestas y planes, además de promover acciones conjuntas de quienes comparten líneas políticas y crear las condiciones para la formación de dirigentes. Hoy se constituyen y se deshacen o cambian de rumbo en un santiamén.
En las últimas elecciones primarias de agosto intervinieron más de 800 agrupaciones en todo el país. El número prueba fehacientemente el grado de debilitamiento de los partidos. Cierto es que será mucho menor la cantidad que participará el próximo 27 de las elecciones legislativas, pues no podrán hacerlo las agrupaciones que en las primarias no reunieron el 1,5% del electorado.
No obstante, es evidente que son muy pocos -o ya no quedan- los partidos constituidos a partir de un sustento ideológico. La idea queda subordinada a la circunstancia. Es ésta la que determina conductas y líneas de acción.
La más clara demostración en tal sentido la produjo Menem, cuando llegó a la Presidencia con un discurso e hizo todo lo contrario desde su primer día de mandato. Salvo alguna excepción, tan mínima que se identificó como “el grupo de los 8”, quienes le siguieron entonces ni chistaron, suscribieron la doctrina neoliberal conservadora que arruinó al país y a partir de 2003 negaron haber estado donde todos sabemos que estuvieron, paseando hoy con envidiable frescura su condición “progre”.
Los opositores no son muy diferentes. Cuando Menem privatizó las jubilaciones, en buena hora votaron en contra pero también lo hicieron en su mayoría cuando CFK las reestatizó.

Los señores feudales
El mal uso de la democracia en estos treinta años ha derivado en muchas provincias y municipios en políticas feudales. No son pocos los gobernadores que se consideran propietarios de sus respectivas jurisdicciones. El caso más conocido es el de Insfrán en Formosa, pero no es el único. Misiones, Chaco, Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja, San Juan, Santiago del Estero, Neuquén, son provincias sometidas al arbitrio de personas o familias, cuya preocupación mayor es perpetuarse en el poder. Y nada se lo impide.
En gran cantidad de municipios ocurre lo mismo. Es fácil observarlo en la provincia de Buenos Aires, donde varios intendentes son señores feudales en funciones desde hace veinte años en algunos casos. Los hemos conocido recientemente a raíz de la situación planteada en el seno del oficialismo.
La perniciosa personalización de las gestiones se ha trasladado hasta nosotros. En Entre Ríos ya son varios los intendentes que publicitan su actividad con la rúbrica de “Gestión Fulano”. Los personalismos deterioran la democracia porque subordinan las políticas de interés común al interés del jefe principal o de su grupo íntimo. Y cuando se trata de promociones personales terminamos pagándolas entre todos.

Colgados del presupuesto
En esa línea se destacan los irreemplazables. Hay políticos que se consideran únicos, insustituibles. Algunos hace treinta años que andan dando vueltas por los cargos públicos, unos electivos, otros no, saltando de un rincón a otro del presupuesto. La cuestión es seguir colgados. Y si algo, lo impide, ahí están la esposa, el hijo, el hermano, el sobrino… “Tienen que largar la teta / pa’ que otros vayan mamando”, aconsejaba Julio Migno en su lenguaje costero.
Mientras tanto, los enconos, los aprietes, la empleomanía, el clientelismo, los favoritismos, los anuncios grandilocuentes que después se desinflan, la elección de candidatos a dedo o por sorteo, las aspiraciones personales presentadas como “el sueño” de los demás, son factores dañinos, reveladores de la inmadurez de nuestra democracia. Paremos este desborde. A los 30 años es hora de repensar el sistema para resguardarlo y ponerlo al servicio del pueblo, no de los pocos que viven del Estado.

*Periodista - Escritor - Conductor del programa "La Calandria", que se emite por LT14 Radio Urquiza de Paraná - Esta columna fue publicada en el Diario El Día de Gualeguaychú el 13 de octubre de 2013

 
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