Aquí la realidad, allá lejos las palabras
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Por Mario Alarcón Muñiz*
Aquí la realidad, allá lejos las palabras
 
Los problemas no se solucionan escondiéndolos debajo de la alfombra, sino encarándolos con disposición de resolverlos. De igual manera los discursos no alcanzan si no se tiene en cuenta la realidad.

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Fecha:24/02/2014 11:50:00 
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Suele ser común que los gobiernos tiendan a evadirse de la realidad, armando su propio universo. Esta orientación se advierte con mayor nitidez en gestiones de signo autoritario, poco o nada dispuestas a aceptar cuestionamientos, ni siquiera observaciones. Entonces la vida no es como dicen quienes la viven, sino como el poder la imagina. O según le informan los allegados.
El conocimiento y la evaluación de la realidad es el punto de partida para solucionar los problemas. Si se la ignora, el diagnóstico y los proyectos de solución se orientan más al fracaso que al acierto.
“La única verdad es la realidad”, dijo Perón tantas veces hasta pasar a la historia como autor de la célebre frase pronunciada por Aristóteles dos mil años antes. El fundador del justicialismo recurría a ese pensamiento con sentido práctico, para explicar determinadas acciones que no encuadraban en su doctrina o en sus compromisos. Sea como fuere, resulta incontrastable. Negar la realidad o deformarla, equivale a sepultar la verdad. Así se pierde el rumbo de las soluciones.

Debajo de la alfombra
La más seria preocupación de los argentinos contemporáneos fue sistemáticamente ignorada por el gobierno durante once años de gestión. En ese lapso ninguno de sus funcionarios pronunció la palabra inflación. Hasta la negó Amado Boudou, en sus tiempos de ministro de Economía. “Sólo es un reacomodamiento de precios”, explicó muy suelto de cuerpo como si se tratara de otra cosa.
Ya en 2006 y ante los primeros indicios de un proceso inflacionario, en lugar de atacar las causas para contenerlo, el gobierno se ocupó de los efectos y avanzó sobre el INDEC. Era más importante esconder la inflación que instrumentar medidas correctivas. Comenzó entonces la distorsión de los índices generando desconfianza. Una cosa informaba la estadística oficial y otra diferente comprobaba el consumidor.
De nada sirvió ignorar la realidad. La inflación no se detuvo. Con el correr del tiempo, a partir de este año, las autoridades se vieron obligadas a admitirla, muy probablemente a raíz de las negociaciones con el FMI y el Club de París, que exigen números reales. A principios de mes la estadística de enero confirmó 3,7 % de inflación, el índice mensual más alto en doce años y el más parecido al que elaboran las consultoras privadas.

La inseguridad, allá lejos
Algo similar sucedió con la inseguridad. De su crecimiento en todo el país no es necesario proporcionar detalles. Sin embargo, el gobierno la ha negado de manera
constante. “Es sólo una sensación”, comentó hace cinco años el entonces jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Mientras tanto, la “sensación” se ha cobrado vidas y bienes. Y sigue afectándonos.
Con el agua al cuello después de las primarias de agosto, el gobierno descubrió la inseguridad, pero sólo en el Gran Buenos Aires. Movilizó entonces unos cinco mil gendarmes por 45 días. Desnudó a varias provincias para proteger el conurbano y ayudar a los candidatos del oficialismo. A estos les fue peor y nada cambió respecto de la inseguridad.
Ahora, aunque tibiamente, se la admite. Es otra realidad lacerante. Pero no se conoce plan alguno tendiente a contrarrestarla. Parece un tema inabordable para los funcionarios.

La indiferencia
Tan inabordable como el narcotráfico. Nadie puede negar desconocimiento del tema. Si una advertencia muy seria faltaba, la produjo al comenzar 2011 la detención en Barcelona de un avión argentino con una tonelada de cocaína cargada sin control alguno en la base militar de Morón. El gobierno ordenó relevar al jefe de la base y puso cara de “yo no fui”. Ahí terminó todo, a juzgar por los resultados. Es decir, ningún resultado.
El aumento de la circulación y el comercio de drogas alertó al Episcopado que se pronunció a principios de noviembre último, advirtiendo acerca de la gravedad de una “situación de desborde”. Entre otras consideraciones muy fuertes, los obispos apuntaron a “presuntas complicidades” de sectores del poder con los narcotraficantes..
Recién entonces el tema golpeó en el gobierno. Su indiferencia era evidente, a tal punto que desde principios de año se encontraba vacante la conducción del organismo dedicado a estos asuntos.

Extraviados y sin planes
Acciones se han registrado en lo que va del año, en varios casos con intervención de la Justicia y supuestamente derivadas de la denuncia de la Iglesia y el atentado al gobernador de Santa Fe, entre otros episodios. Las recientes detenciones en Córdoba y Santa Fe, de narcos y policías involucrados, prueban que cuando se quiere, se puede.
No obstante, la realidad indica que nuestro país está lejos de encarar una lucha frontal y decisiva frente al problema. La imagen de estos días con el ministro de Defensa diciendo una cosa y el secretario de Seguridad otra muy distinta, hasta opuesta, acerca de la producción y circulación de droga, revela el extravío de las autoridades ante una cuestión lacerante que requiere plan, decisión y acción. Cazar un par de narcos de vez en cuando y secuestrar algunos kilos de droga, no es suficiente. La realidad lo dice.
El mayor error consiste en creer que tapando los problemas estos desaparecen. Es frecuente recurrir también a los discursos o a grandes anuncios que después duermen en algún cajón, cuando no se pierden en la selva burocrática. Suele suceder también en Entre Ríos. Pero a esto nos referiremos en una próxima nota.

*Periodista - Escritor - Periodista - Esta columna fue publicada en el Diario El Día de Gualeguaychú el 23 de febrero de 2014

 
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